domingo, 6 de junio de 2010

La violencia por desamparo: mucha libertad y poco amor

En nuestras relaciones humanas la violencia siempre va a presente de una u otra forma.
Desde dentro de nosotros mismos, está presente en afectos que nos pueden dominar como la ira, la envidia, los celos, el resentimiento, la impotencia, etc. En enfermedades que nos pueden dañar, un resfrío, un dolor, un accidente, hasta un cáncer. En situaciones de pérdida de un ser querido.
Desde fuera, recibimos violencia de la sociedad en que vivimos, por ejemplo en situaciones de crisis institucional, injusticia social, marginación, violencia urbana, corrupción, etc.
No todos tenemos la misma capacidad para modular los afectos, para conocernos a nosotros mismos, ni la capacidad para tolerar adecuadamente las frustraciones. El exceso y el defecto en esta tolerancia va a determinar nuestra forma de afrontar la vida. Una buena dosis de agresión va a permitir que tomemos las riendas de nuestra vida con más decisión y fuerza, e incluso el uso de violencia en algunas oportunidades como cuando está en peligro nuestra vida nos va a permitir salvarnos.
Existe una forma de violencia que cada vez aumenta más y que afecta a los niños y jóvenes en la actualidad y es la violencia por ausencia, por abandono, por desamparo.
Nacemos solos, salvo que tengamos un hermano gemelo, y morimos solos. Y por eso mismo es de vital importancia la presencia de un ser querido especialmente en nuestra infancia y juventud, para acudir a él, en el momento que lo necesitemos. ¿Qué pasa cuando las cosas no salen como nosotros esperábamos?, ¿qué pasa cuándo ponemos nuestra ilusión en algo o en alguien y nos después nos sentimos engañados? El hablar con alguien de lo que nos pasa nos ayuda a hacer una catarsis por un lado y a ir elaborando y entendiendo lo que pasó.
El guardarse las cosas, el romper la hoja como si no pasara nada, nos va empobreciendo afectivamente, y nos va llenando de violencia contenida, de impotencia y de dificultad para disfrutar de los momentos agradables.
La anhedonia, o ausencia de motivación para hacer las cosas, la incapacidad para ilusionarse, para poder disfrutar de un logro, atraviesa cada vez más la vida, y es una forma de violencia que va mermando nuestro equilibrio interno.
Cuando el sentimiento que prima es la soledad, el desamor, y la rabia, entonces se hace un uso de la violencia, a través de una libertad indiscriminada, sin posibilidad de autocuidado, sin límites claros. Se busca algo que mitigue es dolor, ya sea en el alcohol, drogas, sexo, juego, etc, sin lograr satisfacción, se convierte en una trampa, que va empobreciendo el yo, es decir empobrece la capacidad de reflexión, y el uso de la voluntad.
El desamparo es vivido como un daño y no se tiene claro de quién, es una sensación de nos tenemos que cobrar por lo mal que nos ha tratado la vida, genera una actitud que en la jerga psicológica se llama " contrafóbica", es decir mostrar lo contrario y enfrentarse abiertamente al peligro, buscarlo y disfrutar del riesgo, del miedo, del escarnio, de lo mórbido....